8 de diciembre de 1980, el mundo llora el asesinato de John Lennon. En
Yunnan, en la otra esquina del planeta, cerca de la frontera con el Tíbet, los
pertenecientes a la etnia Mosuo disfrutan de un día exactamente igual al
anterior, ajenos a la noticia que alimenta los titulares en todos los
periódicos. Desconocen que su realidad es perseguida en el llamado primer mundo
como la mayor de las utopías. Mientras unos alzan la voz por el paraíso que
anhelan, los otros no necesitan en su vocabulario el verbo imaginar, ignoran lo
que es una pistola y respiran paz desde su primer aliento.
En ocasiones veo letras y escribo. A veces pienso y hasta reflexiono. En ocasiones, a veces, soy, pienso y escribo. Pasen y lean.
martes, 25 de abril de 2017
jueves, 20 de abril de 2017
VOLAR
Esta mañana
las prisas se ponían en mi contra. El sol asomaba profundo y no podía evitar
que alcanzara mi propia sombra. El día se despertaba con ganas de jugar al
ratón y al gato con mis planes. Ya en la calle,
mi vida
excesivamente desordenada se aromatizaba con el olor a flores recién paridas.
Respiré con intensidad. Esperando el bus que hacía media hora había perdido, ojeé un libro de bolsillo de autoayuda. Repasé las notas a pie de página de mi
presente y sentí que chapoteaba en una total pereza. Casualmente,
observé a una pareja de ancianos sentada en el desgastado banco de al lado.
Eran muy mayores. Él llevaba un bastón y le temblaba la mano todo el rato. Ella
musitaba algo que intuí podía ser una oración o al menos lo parecía. Las
arrugas del rostro del anciano desvelaban un pasado duro; miraba despistado
hacia un niño que correteaba delante de ellos y sus cejas disparadas y
revueltas enmarcaban una mirada de nostalgia que se estancó en sus ojos. Se
inclinó hacia ella y con sus cariñosas manos, que nunca antes temblaron con las
adversidades, le abrochó con acierto un botón de la chaqueta evitando que la
brisa fresca e intensa no le destemplara. Esa intimidad de
alcoba, ese gesto, me reconcilió de repente con el ser humano y con el amor. El
amor. Ella se giró y le devolvió una sonrisa de agradecimiento. Se miraron,
pero lo hicieron como quienes ven por primera vez el mar, con el mismo
hechizo de su primer encuentro. Esa deliciosa mirada consiguió que se pusieran
a trotar los latidos de mi corazón. Cerré definitivamente el libro para
zambullirme en el espectáculo de sentimientos que tenía a mi lado. Pensé
de nuevo en ese gesto y en ese cruce de miradas ya montada en el autobús que me
escupe cada día a las puertas de la oficina. Volví a repasar las notas de
tareas pendientes y esa entrada, la del amor, hacía años que no aparecía,
cometí la locura de borrarla sin reparo alguno. Nadie me había regalado un
ademán como ese en mi vida, ni yo tampoco lo había practicado nunca. No lograba
imaginarme qué sensaciones tendría si hubiese conocido el mar de adulta porque
me bautizaron en agua salada.
Durante el
día, ese gesto de pura entrega y esa mirada de sincero amor me sacudían de vez
en cuando de mis quehaceres. Pensé que, si disfrutaba recordándolo, vivirlo
tendría que ser algo parecido a volar.
De vuelta a
casa, esa misma parada me recibió, esta vez, solitaria. Caminé cabizbaja y pisé
un objeto, era un botón de nácar y de color turquesa; lo recogí y decidí guardarlo
cual amuleto; ahora ya sólo me faltaba encontrar unas manos a las que
abrocharme y una mirada en la que sumergirme hasta un día cualquiera de mi
vejez. Me reconcilié también con la esperanza.
miércoles, 19 de abril de 2017
martes, 18 de abril de 2017
DULCE MEMORIA
Nunca imaginó que conocería las entrañas de la soledad a sus 77 años.
Acababa de enterrar a su marido y su única hermana enferma vivía a quinientos
kilómetros. Su hijastro huyó ayer cuando la última palada de tierra sonó contra
el ataúd de su padre. Apagó el teléfono tras recibir el último pésame que
esperaba, el de su sobrino que vivía en Italia. Miró a su alrededor mareada por
el silencio atronador de las paredes de su casa, necesitaba ruido, escuchar
conversaciones y encontrarse con miradas anónimas. Sintió el abrazo del abrigo
de lana. Mientras caminaba con el alma encogida, el penetrante frío la empujó a
una chocolatería. El primer sorbo templó su desconsuelo. El mordisco al churro
azucarado y recién hecho le trajo recuerdos de su infancia dulce, intensos de
juventud y apasionantes de su vida. Sorbo a sorbo llegaron caricias de su
madre, juegos entre hermanas, paseos con su padre, amigos y noches de juergas.
Y él, su amor, el primer beso, pasión y piel, sus bromas y secretos, sus viajes
y la vida. El chocolate en las comisuras de los labios le provocó una sonrisa
que acarameló ese instante. Y la memoria endulzó su vacío a sorbitos. miércoles, 5 de abril de 2017
lunes, 3 de abril de 2017
MALDITA DULZURA
Sólo le quedaba un cigarrillo, pero se hizo fuerte en el no resistiéndose
a comprar tabaco hasta la mañana siguiente. Se convenció recordando la intensa
tos que padece al despertarse; además, lo mezclaría con marihuana para dormir
del tirón. Desafortunadamente al liarse el porro volcó el contenido al suelo,
recogió los restos malhumorado por la chapuza que finalmente se fumaría. Miró
por la ventana, el bar de urgencia estaba de vacaciones. Su ira creció hasta
que vio en un cenicero del salón un cigarro a medias. Lo consumió de dos
caladas, una de felicidad y otra de angustia. ¡Maldita dulzura la de un vicio!
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